Recapitulemos: hubo aquí un festival, el Tucumán Cine "Gerardo Vallejo", que el 24 de octubre cerró su séptima edición con bombos y guirnaldas bien merecidas. En ese festival hubo también un ganador, uno que sacó de carrera a otros 19 competidores y que dejó alelado al propio jurado. Se esperaba que el premio fuera para aquella de la que más se hablaba, la que mejor prensa tenía y la que, además, guardaba cierta relación con este terruño. Hablamos de "Infancia Clandestina", la que no ganó.

La que ganó fue "El etnógrafo", un documental dirigido por Ulises Rosell. Que la ganadora del Festival "Gerardo Vallejo" -reconocido documentalista tucumano- fuera una non-fiction movie significó, según reflexiones del jurado, un doble homenaje a ese personaje considerado como fundamental en la cinematografía argentina. Excepto Rosell, quien admite que prácticamente ni conoce su obra. "Para qué te voy a mentir, a mí no me influyó su trabajo...", se desnuda el director, un tipo sin modestia (ni de la falsa ni de la genuina, probablemente porque sabe bien lo que trae en las manos), pero con la humildad de aquellos que no necesitan demostrar nada a nadie.

Y el ganador del festival, como es de esperar, vino a buscar su premio: $ 30.000 en efectivo y una estatuilla. Se organizó un acto para él, el único hombre no trajeado de la sala, pero dueño de una sonrisa imposible de ajustar con una corbata. Dato curioso: de todos los premios y menciones que ganó "El Etnógrafo", este es el primero en el que el aplauso es acompañado con metal. En Biarritz (Francia) se llevó el galardón al Mejor Documental y los 3.000 euros que habían anunciado quedaron en la nada: la crisis tuvo la culpa. Él se sigue riendo.

No es su primer trabajo premiado. El largometraje "El Descanso" (2001) fue la "Película Argentina" en el festival Bafici 01, Mejor Guión en Lleida y Mejor Película en Montreal. Con "Bonanza" (2003) se quedó con el Mejor Largometraje Documental en Mannheim, el Coral de Plata en La Habana, con el Premio Tercer Ojo en Docúpolis (Barcelona), y también obtuvo la Mención Especial en Málaga.

Entre 2007 y 2010 dirigió varias series ficcionales y documentales para TV, entre ellas "Pueblos Originarios", la primera aproximación al tema que terminó de desarrollar en "El Etnógrafo". Digámoslo así: la otredad y la imposibilidad de abarcarla por completo, al menos con los medios a los que nos tiene acostumbrados el mundo occidental.

La película tiene como protagonista a John Palmer, un antropólogo inglés que llegó a una comunidad wichí de Salta, Lapacho Mocho, con el fin de hacer su tesis para graduarse en Oxford. Después de un año de convivir con los aborígenes volvió a Inglaterra, donde lo esperaba la ampulosa y almidonada fiesta de casamiento de su hermano. “Él era de la clase alta de Inglaterra, es decir, los chetos del mundo, no de los chetos de acá.

Cuando se enfrentó a todas esas convenciones le resultó chocante y artificial y se dio cuenta de que ya no encajaba, que no era de ahí”, describe Rosell, unos minutos antes de recibir su premio, que tal vez sea un premio también para John.

En realidad, antes de antropología, el etnógrafo estudiaba Letras, y llegó a Buenos Aires a conocer las calles grises de Borges y Cortázar. Un amigo inglés le recomendó conocer el norte, y ahí pasó todo lo que pasó: cambió de carrera y después de recibido no solo abandonó a la Reina y a Oxford, sino que se enamoró de Tojueia, una wichí con la que tiene cinco hijos, y se adentró para siempre en su comunidad. En ese largo camino accedió a grabar esta película, en la que sirve de traductor entre los wichís y nosotros, la misma que obtuvo el premio del Festival Tucumán Cine 2012.

- ¿Por qué accedió Palmer a que lo filmes?
- Porque él tiene interés en comunicar la situación de los wichís, eso es lo más importante en su vida y ha sido consecuente con eso al nivel de renunciar a las mieles de Oxford y la consagración académica, cosa que para gran parte de los estudiosos es el objetivo máximo. Después de obtenerlas se hizo a un lado y construyó su vida familiar a los 60 años. John tiene claro que si se da difusión a ciertas temáticas, empiezan a entrar en la agenda.

- ¿Cuál pensás que era la visión de los wichís de ustedes, el equipo de filmación?
- Ellos confían mucho en que John no va a meter nada ni nadie que sea perjudicial o agresivo para la comunidad. Él nos dio la oportunidad de conocerlos.

- ¿Se planteó un dilema ético en John por haberse enamorado de alguien que formó parte de su objeto de estudio?
- No... él dejó de ser antropólogo académico mucho antes de eso, 10 años al menos. Privilegió la idea de vivir en la comunidad en la que se siente cómodo, en la que puede proyectar una vida. Realmente es un tipo fuera de lugar en Europa.

- ¿Sigue creyendo en la antropología?
- Sí, cree en el conocimiento y lo reconoce como la llave que le abrió las puertas de este mundo; sin embargo, la vida académica ya no es su principal interés.

- Modestia aparte: ¿por qué gana premios "El etnógrafo"?
- Porque transmite algo muy honesto y humano. Está concentrada en los sentimientos y en lo complejo que es identificarse con gente diferente. Estamos acostumbrados a identificarnos con protagonistas muy parecidos a nosotros, que hacen cosas y tienen vidas muy parecidas a las nuestras. También es honesto ponerlo a John al frente, porque yo no soy wichí, soy un occidental que está entrando ahí. Todo eso tiene un reconocimiento. En el fondo no es lo que nos mueve, ni nos conmueve, hacer un gran negocio. Tampoco es lo que más dura.

- ¿Cuál es tu premisa ética, tu regla inquebrantable en trabajos como este?
- Contar al personaje como se cuenta él, como él se quiere mostrar. No me importa si me está mintiendo, no voy a pretender ser objetivo ni meter mi subjetividad si tengo enfrente una subjetividad mucho más rica que es la del tipo que estoy entrevistando.

- ¿Un cineasta es también un etnógrafo?
- Creo que en esta película me volví mucho más consciente de eso. Es algo que estaba también en “Bonanza”, pero no lo tenía tan catalogado. A partir de aquí pude ver que hay cosas en las que labura esta gente que tiene que ver mucho con mi laburo. El nombre, entonces, es un juego de palabras entre lo que hace John y lo que hago yo.

- Son pocos los documentales que entran en el circuito comercial. ¿Te perjudica eso?
- No, para nada. Yo elegí deliberadamente no entrar en el circuito comercial. Por un lado, porque tiene exigencias que mi película no puede satisfacer (por ejemplo una media de espectadores) y por el otro porque la mato en una semana. “El Etnógrafo” sigue en cartel después de varios meses, está en el Cosmos y en el Malba, y ya lleva unos 10.000 espectadores: un muy buen número. Por supuesto que con otras películas mías como “Sofacama” (2006) sí peleo a muerte un lugar en el circuito comercial, pero este no es el caso. Me parece mucho más valioso que se vea en salas alternativas, como los Espacios Incaa, a los que la gente va sabiendo qué es lo que busca.

- ¿Qué es lo que más admirás de John?
- El coraje para cambiar y arrancar de cero. Decir: “en esto no entiendo nada, pero es lo que quiero y es donde me lleva mi corazón”.